El teatro debe poner de relieve, presentar un espejo verídico, y esta instrumentalidad, obliga a los autores a una localización rigurosa: el drama quiere ser nacional por su forma y sus colores. Debe armonizar la personalidad, la nacionalidad y la humanidad. Esto lo compromete a grandes concepciones, de perspectivas abiertas sobre el pasado –en busca de raíces irremisibles.- y sobre el futuro –en busca de horizontes indispensables. Debe ser histórico (tener conciencia del pasado) y profético (servir con fe una visión del porvenir)”.
Juan B. Alberdi
”Todo documento de la civilización es, a la vez, un documento de la barbarie.
Walter Benjamin
Muchas veces, las conmemoraciones de los aniversarios de las grandes instituciones oficiales tienen un carácter formal, hay en ellas, y se nota, mucho protocolo y anecdotario y poca reflexión sobre los contenidos simbólicos y prácticos que dieron sentido a la creación de aquello que se festeja y, sobre todo, acerca de la necesidad o inutilidad de su supervivencia en el tiempo. Eso, fue así durante tantos años que parecía responder a algún orden natural de las cosas y, nos gustasen o no, terminábamos plegándonos a esas ritualidades ya que, sin otra alternativa, nos parecía que era peor su desaparición lisa y llana, el olvido. Porque lo que (aunque sea vagamente) intuíamos era que si la narrativa que se nos proponía funcionaba para ocultar, denunciaba paradojalmente, por su simple razón de ser, a la otra cosa, la que subyacía en su propia dialéctica, la que, nada menos: había forzado la construcción del relato. Podía difamársela, ignorarla o proscribirla: sin aquello otro el efecto de verosimilitud de esto no se producía.
Una historia oficial, “hecha a medida”, es, por lo menos, un tropo teórico sobre el cual operar, revisar, producir crisis. La muerte de la modernidad (llámese neoliberalismo, post-capitalismo, o como guste llamársela) se arriesgó, no obstante, a ridiculizar su propia pompa.Homenajeó y, en acorde, ultrajó al homenajeado. Simultaneó el tedeum y la Función de Gala, con la parodia y la voladura del Prócer. La Sociedad Patricia se celebraba y proyectaba, sólidamente, para sí misma y para su descendencia; la de las corporaciones se divierte en vuelos más cortos, y muchos menos solemnes: la inmediata distribución de ganancias para sus accionistas ocupa todo el horizonte, ahí empieza y acaba el porvenir.
No nos apartemos, prudentemente, de la esfera del teatro ni de nuestra geografía: Cinco años fueron más que suficientes para que el Teatro Odeón cumpliera su peripecia de Monumento Histórico Nacional a playa de estacionamiento; nunca se celebró tanto al Teatro Nacional Cervantes, como cuando cumplió sus 80 años en 2001: el Secretario de Cultura de De la Rua, Darío Loperfido, en el clímax de la efemérides, lo declaró absolutamente inútil y estuvo a un paso de privatizarlo, demolerlo, o vaya a saber qué. ¿Hace falta algún otro ejemplo? Bueno, allí está el Colón, el orgulloso Colón de nuestras clases dirigentes, festejando sus cien años con una clausura hermética.
Hay un libro, “El Teatro Nacional Cervantes en la historia del Teatro Argentino” de Juan José de Urquiza, del que ya nos ocuparemos, que significa toda esa conmemoración engañosa de la que empezamos hablando. . Es como un palimpsesto (hay otra historia, debajo de esa, pero fue “raspada” expresamente y, lo más grave, nadie se ocupó de restaurarla). No va a hacerlo, por supuesto, esta rápida mirada que, modestamente, se conformaría si provocara alguna duda sobre la veracidad de un discurso que, hasta la fecha, no fue contestado, sobre algunas teatralidades que nos fueron impuestas, sobre esa noción tan nebulosa de “Teatro Nacional”, y no me refiero sólo al nuestro, hablo de una idea que preocupó, y mucho, a Goethe, a Schiller, a Moliere, a Lessing, a Gemier, a Juan B. Alberdi…
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